[...] y él iba caminando como siempre, pensando en lo de siempre, hasta que sintió ese olor tan particular, tan primitivo, tan escencial, tan... irresistible. En ese instante su mente se escindió en dos, una porción ya seducida por lo prohibido y otra alerta por la inminente tentación que habría de resistir. La miró de reojo una vez, rápidamente, vencido por la curiosidad y las ansias de su lado más animal. Estaba ahí, tierna, indefensa, atractiva, inocentemente mirando hacia el cielo. Su cara blanca y redonda recordaba a lo mejor de la niñez, hechando humito en la mañana fría que era esa. La bestia interna lo estaba convocando y él no quería, pero quería. Por unos segundos la lucha interna fue feroz e interminable, pero al mismo tiempo el resultado era previsible, casi inevitable, puesto que esta no sería su primera vez. Agazapado en su mente estaba el engendro enajenado a la espera de la ocasión singular que le permitiera volver a hacer lo que tanto disfrutaba. Volvió a mirar, esta vez más detenidamente al objeto de deseo, y cautelosamente hacia los costados, confirmando lo que su porción cuerda del YO más temía: no había nadie que pudiera ser testigo de lo que se venía. La observó un tanto más detalladamente notando las pequeñas imperfecciones de su superficie trabajada y se permitió cerrar los ojos para olfatear ese fresco néctar de deseo y de juventud. A partir de este momento comenzó a medir cuidadosa y sigilosamente sus movimientos, tomándose más tiempo de lo que cualquier humano (hasta los más precabidos) se tomaría; pero él estaba tranquilo pues sabía que su víctima no iría a ninguna parte por sus propios medios. Sin alguien que la lleve de un lugar a otro estaba imposibilitada para alejarse del destino que él había acabado de sellar. Milimétricamente se fue aproximando hasta quedar justo por debajo de la ventana donde colgaba el botín de esta cacería irracional. No había vuelta atrás, ya estaba la suerte tirada. De aquí en adelante todo ocurrió como un flash. Mordisco al centro de la cara, fluidos tibios por todos lados, rojo por doquier, él y ella convirtiéndose en uno solo, él y ella bailando una danza demente.
Segundos después de terminada su frenética labor lo golpeó la culpa, como un adoquín que cae de un quinto piso. Se sintió pesado y en seguida llegaron las nauseas. Pero no le pudo dar la oportunidad a su sistema de expulsar el volumen ingresado porque apenas pasados unos minutos se escucharon los gritos de una señora algo mayor que se acercaba raudamente. Estos alaridos rezaban "pibe, qué hiciste? me comiste toda la tarta de membrillo!" a lo que él, muy asustado respondió "lo sé doña, y lo peor de todo es que rompí mi dieta".
No todo lo que brilla es oro, no todo lo que duele es malo, no todo lo que es realmente es. Lo único que si parece es, es tu cara. Aún fuera de foco es reconocible. Y aún fuera de tiempo es rememorable. Todas tus caras son amor.
Moraleja: "La gente adicta a la tarta de membrillo tiende a tener una manera de relatar las cosas bastante dramática."